Dieselpunk, Historia Alternativa, Aventuras, Acción Bélica donde La resistencia contra el imperialismo tecnológico a través de la improvisación y la "maña" chilena..
Chile, 1938. Han pasado tres años desde el infame "Tratado de Tarapacá". La soberanía del norte ha sido arrendada al Tercer Reich y la pampa es ahora una colonia industrial donde la ley chilena no existe.
El Capitán Varela es un piloto de contrabando que vuela con resaca y sin ideales. Solo quería recuperar su avión y pagar sus deudas. Pero cuando el Dr. Weiss, un químico desertor, cae en su cabina con el secreto de la Lanza de Wotan, Varela se convierte en el hombre más buscado de la Zona X.
Su enemigo: El Coronel Von Richter y "Los Ciegos", una guardia de élite sin rostro que mata por sonido. Su equipo: Una mecánica con un brazo de bronce impulsado por vapor , un veterano de la Guerra del 79 con un soplete y La Komisaria, una Mente Sintética soviética atrapada en un perro robot con sed de violencia de clase.
Tienen 96 horas para infiltrarse en la mina Humberstone-X. Si fallan, Richter inyectará la Sangre de Dragón en la tierra que no solo extraerá el mineral, sino que detonará el norte de Chile como una bomba geológica.
Bienvenido a la República Dieselpunk. Aquí la sangre es el único combustible que no se agota.
Índice de Archivos y Capítulos
Capítulo 1 LA SANGRE DE LA TIERRA
Capítulo 2 HUESOS Y ACERO
Capítulo 3 LA CIUDAD DE ÓXIDO
Capítulo 4 EL FÉNIX DE CHATARRA
Capítulo 5 TIERRA DE NADIE
Capítulo 6 LA CATEDRAL DE ENGRANAJES
Capítulo 7 LA CUENTA REGRESIVA
Capítulo 8 EL PRECIO DEL HIERRO
Epílogo: EL SABOR DEL VODKA
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Periodista de profesión, programador por hobby, escritor por pasión. Me mueven las historias donde pasan cosas, las apuestas son altas y hay algo más escondido para rumiar y pensar.
El desierto no perdona a los estúpidos, y nosotros llevábamos diez minutos tentando a la suerte.
El sol de la pampa caía a plomo sobre el fuselaje del Cóndor Tuerto, convirtiendo la cabina en un horno de metal y cuero. El sudor me bajaba por la columna como insectos fríos. El aire dentro de la carlinga no se respiraba, se masticaba: una mezcla densa de lubricante rancioy salitre quemado que dejaba un sabor a moneda vieja en la lengua.
Miré el indicador de presión. La aguja temblaba en la zona roja, bailando un tango peligroso. Le di un golpe seco con el nudillo al cristal sucio. La aguja no bajó. El motor tosió, una sacudida violenta que hizo vibrar los pedales bajo mis botas, pero mantuvo el ritmo.
—¡Están aquí! —gritó el Dr. Weiss. Su voz llegó rota por la estática, aguda y cargada de pánico—. ¡Los veo, Herr Varela!
Miré por el retrovisor. Weiss estaba pálido, aferrado a su maletín de cuero como si llevara dentro su propia alma.
Tres puntos negros rompieron el horizonte de dunas. Bajaban desde el sol brillando como insectos de cromo.
—Biplanos fantasma —mascullé.
Así llamábamos a los nuevos juguetes de la Luftwaffe: cáscaras vacías, guiadas por radio. Sin pilotos. Sin miedo. Tecnología nazi operada a distancia desde algún búnker con aire acondicionado. Todo legal, todo firmado. Porque desde el 35, el cielo sobre el paralelo 20 ya no nos pertenecía; era un pasillo aéreo arrendado a Berlín.
—Komisaria —dije, activando el intercomunicador. La baquelita del botón quemaba—. Tenemos visitas.
La respuesta llegó en texto verde sobre la pantalla de fósforo, acompañada de un zumbido eléctrico que me erizó los dientes.
<OBJETIVOS IDENTIFICADOS. FASCISTAS EN VECTOR DE INTERCEPCIÓN. INICIANDO PROTOCOLO DE REDISTRIBUCIÓN DE RIQUEZA BALÍSTICA.>
—Ahorra la política y dispara, chatarra —mascullé.
Tiré de la palanca. Los cables de acero de los alerones gimieron bajo el fuselaje. El mundo giró. El cielo azul cobalto se cambió por el ocre infinito y texturado del desierto.
¡WHEEE—ZZZT!
Las balas trazadoras pasaron silbando. El primer fantasma se pegó a mi cola.
Era rápido, demasiado para un biplano convencional, pero mi pájaro no bebía gasolina limpia; bebía una mezcla enriquecida con Salitre Negro.
Bebía la sangre de Chile.
Abrí la inyección directa. El mineral reaccionó en los pistones con un rugido químico y la aceleración me golpeó el pecho, exprimiendo el aire de mis pulmones.
Weiss gritó algo en alemán. La torreta de cola giró con un chirrido mecánico y el olor a pólvora rancia invadió la cabina.
¡RAT—TAT—TAT—TAT!
El autómata de la izquierda estalló en una bola de fuego y aceite hirviendo.
—¡Uno menos! —grité, sintiendo la adrenalina limpiar la resaca del pisco.
Pero los otros dos se abrieron en formación de pinza. Sabían lo que hacían. Querían acorralarme contra los cañones de piedra que asomaban al frente.
—¡Nos van a matar! —chilló Weiss—. ¡Tengo que proteger la fórmula!
—¡Cállese, doctor! —viré bruscamente a la derecha, rozando una cresta de roca. El viento aulló por las grietas de la cabina—. Si quiere vivir, agárrese fuerte.
El biplano que cerraba la pinza por la derecha intentó copiar mi giro, pero calculó mal la inercia. Su ala inferior mordió el granito y la física hizo el resto: el aparato se desintegró contra la pared del acantilado en una flor de fuego naranja.
—¡Dos fuera! —grité.
Pero el último no cayó en la trampa. El cañón se cerraba frente a nosotros. Muros de piedra roja de cien metros de altura. Una trampa perfecta. Entré en el desfiladero. La sombra fría de las rocas cubrió la cabina, un alivio térmico que duró medio segundo antes de que el miedo me helara la sangre.
Líder me seguía. Copiaba cada giro. Era una sombra perfecta de metal y muerte.
Miré el indicador de combustible. La aguja caía visiblemente. Miré la salida del cañón, un agujero de luz cegadora a trescientos metros. El túnel se estrechaba.
Tenía que ser ahora.
—Komisaria, suelta lastre y purga los inyectores. ¡Vamos a cegarlos! —ordené.
—<EJECUTANDO PURGA. POR STALIN.>
Agarré la palanca de paso de hélice y la tiré hacia atrás con ambas manos, rompiendo el alambre de seguridad.
—¡Sujétese los dientes!
Las aspas cambiaron de ángulo con un golpe seco. Dejaron de cortar el aire y pasaron a empujarlo hacia adelante, convirtiéndose en un escudo de viento. El motor aulló como un animal herido al sentir la contrafuerza.
No fue un frenado; fue como chocar contra una pared invisible. Las correas del arnés me cortaron la respiración. El Cóndor se detuvo en el aire, temblando violentamente, convertido en un ladrillo aerodinámico.
Líder, ciego por la nube de aceite y humo, no tuvo tiempo de reaccionar. Pasó zumbando por debajo de mi panza a toda velocidad, perdiendo la ventaja y quedando justo delante de mi morro, expuesto como un pato de feria.
—¡Adiós, chatarra! —gruñí.
Apreté el gatillo. Las ametralladoras del capó escupieron fuego. Las balas trazadoras cosieron al fantasma de cola a cabeza. El tanque de combustible estalló.
¡BOOOM!
El biplano nazi se desintegró en una lluvia de metal ardiente y aceite que golpeó mi parabrisas.
Pero la victoria duró un segundo. Ahora éramos una piedra cayendo al vacío a través de la bola de fuego. La alarma de pérdida empezó a chillar.
—¡Adelante, maldita sea! —grité, empujando la palanca de paso de hélice de golpe hacia el frente.
El motor tosió fuego negro y dio una sacudida brutal que hizo crujir la estructura. Sentí el latigazo en las vértebras cuando las palas volvieron a morder el aire, luchando por sacarnos de la caída.
El fuselaje gimió, torciéndose bajo el torque repentino, pero la nariz se levantó justo antes de que las ruedas tocaran las rocas del cañón.
Salí del cañón disparado hacia la luz. Nivelé el avión, respirando agitado. El silencio volvió a la cabina, solo roto por el ronroneo inestable del motor y el tictac metálico del fuselaje enfriándose.
Miré hacia atrás. Weiss estaba hiperventilando, pero vivo.
—Bienvenidos a la República de Chile, doctor —dije, sacando una petaca del bolsillo—. El viaje va a ser movido.
***
El motor del Cóndor ya no rugía; agonizaba.
El humo negro se había tornado blanco, un vapor denso con olor a leche agria y amoniaco que se colaba por las juntas del suelo. El indicador de temperatura había dado la vuelta completa y la aguja descansaba muerta contra el tope cero.
—¡Veo la pista! —gritó Weiss, señalando una franja de tierra pálida entre los acantilados y el mar plomizo—. ¡Estamos salvados!
—No cante victoria, alemán. Esto es Pisagua. Aquí nadie se salva gratis.
Tiré de la palanca del tren de aterrizaje. El mecanismo estaba duro, agarrotado por la arena y el combate. Forcejeé con el metal, sintiendo cómo el mango frío mordía mi palma sudada. Le di una patada a la caja de fusibles hidráulicos bajo el tablero. Escuché un gemido de tuberías, pero la luz verde no encendió. Tiré con ambas manos, usando el peso de mi cuerpo, hasta que sentí un crujido seco en el hombro.
La palanca se partió en mi mano.
Me quedé mirando el trozo de hierro inútil. El tren derecho había bajado a medias. El izquierdo seguía escondido en el ala. Si tocábamos tierra así, el Cóndor haría un trompo y nos convertiríamos en una bola de fuego rodante.
—¿Pasa algo? —preguntó Weiss. Su voz temblaba.
—El tren está trabado. Vamos de panza.
Miré la pista. Se acercaba rápido, una lengua de tierra y salitre llena de baches. Y entonces lo vi. Un camión militar, un viejo Ford de la Guerra del Chaco, estaba estacionado justo en el medio de la franja. Tres figuras cargaban cajas.
No se movían. No nos oían. No teníamos frenos.
—Komisaria —ladré—, dame sirena.
—<SISTEMA DE AUDIO DAÑADO. REPRODUCIENDO HIMNO INTERNACIONAL A MÁXIMO VOLUMEN.>
La estática estalló en los altavoces externos, seguida por una versión distorsionada de trompetas soviéticas. El camión no se movió. Estábamos a cien metros.
—¡Sujétese! —grité.
Corté el flujo de combustible. La hélice se detuvo, quedando como una cruz muerta frente al parabrisas. El silencio súbito fue peor que el ruido. Solo se oía el viento cortando los cables de las alas.
Toqué tierra antes del camión. No fue un aterrizaje. Fue un choque controlado.
¡CRAAAAACK!
El fuselaje golpeó la arena endurecida. El avión rebotó, violento, haciendo chocar mis dientes. Rebotó de nuevo, perdiendo el ala derecha en una lluvia de astillas y lona. El morro se clavó en la tierra y derrapamos de costado.
La arena chilló contra el metal. Una cortina de polvo rojo cubrió el mundo. El camión se hizo enorme en el parabrisas.
Giré el timón a la desesperada. El Cóndor coleó, golpeando el camión con la cola blindada.
¡BAAAM!
El impacto nos detuvo en seco. Mi cabeza rebotó contra el tablero. Todo se volvió negro.
***
Me dolía hasta el pelo. Me solté el arnés con dedos torpes y entumecidos. El aire dentro de la cabina destrozada apestaba a cobre caliente y a miedo rancio.
Miré el tablero. Estaba partido en dos. Pero bajo el metal retorcido, la pantalla de fósforo de la Komisaria parpadeaba con una luz verde moribunda, perdiendo intensidad por segundos.
—<FALLO CATASTRÓFICO. ESTRUCTURA COMPROMETIDA. INICIANDO FORMATEO DE EMERGENCIA PARA EVITAR CAPTURA CAPITALISTA.>
—Ni lo sueñes, roja —mascullé, escupiendo un diente roto.
Saqué mi navaja de la bota. Ignorando el dolor en las costillas, me lancé sobre el panel de instrumentos. La carcasa estaba hirviendo.
—Aguanta —le dije, clavando la hoja en la ranura de mantenimiento.
Hice palanca. El metal chilló.
—<ERROR. SISTEMA NO RESPONDE. CAMARADA VARELA... HA SIDO UN HON...>
La pantalla se apagó. Con un último tirón y un gruñido de esfuerzo, arranqué el Módulo Central: una caja de acero pesado, del tamaño de una caja de puros, sellada herméticamente y con conectores de baquelita en la base.
Estaba caliente, pero vibraba. Un zumbido leve. El "corazón" seguía latiendo con la batería de reserva.
Me guardé el módulo dentro de la chaqueta, pegado al pecho. Pesaba como un ladrillo, pero no la iba a dejar ahí para que la convirtieran en cucharas.
—¿Doctor? —llamé.
Un gemido desde atrás. Weiss estaba colgado de sus correas, sangrando por la nariz, pero vivo. Su maletín seguía pegado a su pecho.
Salimos a trompicones del naufragio. La cola del Cóndor había destrozado el radiador del camión Ford, pero el avión estaba peor. Mi nave. Mi sustento. Ahora era un montón de leña y chatarra humeante bajo el sol de la tarde.
Los dueños del camión se acercaron. Eran "Chulengos", carroñeros de la costa. Tipos duros, piel curtida por la sal, ropa hecha de parches. El líder se adelantó. Un gigante con un machete oxidado al cinto y el ojo izquierdo velado por una nube blanca.
Catarata caminó hacia nosotros. Lento. Pesado. Pateó un trozo del ala de mi avión.
—Me debes un radiador, aviador —dijo. Su voz sonaba como piedras moliéndose en una hormigonera.
Llevé la mano a la pistolera. Vacía. El arma había salido volando en el impacto. Maldije a Murphy y a su madre.
—Y tú me debes una pista despejada —repliqué, tratando de parecer más grande de lo que me sentía. Me dolían las costillas—. Estamos a mano.
Catarata escupió un gargajo negro al suelo. Sus dos compañeros se acercaron levantando barras de hierro. La matemática era simple: tres contra uno y medio.
—Ese es el alemán que buscan los pacos —dijo Catarata, señalando a Weiss con la barbilla—. Vale plata. El radiador vale plata. Tu avión vale lo que pesa en chatarra.
Se acercó un paso más. El olor a pescado podrido y tabaco negro me golpeó la cara.
—No tengo dinero —dije.
—Entonces pagas con trozos de carne o pagas con cosas.
Catarata miró mi muñeca. Llevaba un reloj de aviador Longines, con correa de cuero de mantarraya. Era lo único que me quedaba de mi padre.
Extendió la mano. La palma estaba callosa, sucia de grasa.
Miré a Weiss. Estaba a punto de desmayarse. Si los dejaba llevárselo, la misión terminaba. El sistema es lento. La justicia es ciega. Pero la supervivencia es rápida.
Me desabroché el reloj. El cuero estaba tibio. Lo dejé caer en la mano del gigante. Sentí un hueco en el estómago, más doloroso que el golpe del aterrizaje.
—Sácanos de aquí —dije, con la voz muerta—. Y esconde el avión.
Catarata se puso el reloj. Le quedaba pequeño. Sonrió, mostrando dientes de oro.
—Hay un camión de pescado que sale para el interior en diez minutos. Ustedes van entre el hielo.
Se dio la vuelta.
—Bienvenidos a Pisagua, caballeros.
Weiss se acercó a mí, limpiándose la sangre.
—Lo siento, Herr Varela. Era un buen reloj.
Lo miré.
—Cállese, doctor. Solo cállese y suba al camión.
El sol empezaba a bajar, tiñendo el desierto de un rojo sangre. El primer día había terminado. Y ya lo había perdido casi todo.